7/07/2013

El hombre de Álamo...











Era un viejo seco,amargo,con nariz aguileña y ojos glaucos y pequeños. Parecía enorme,a pesar de estar sentado en una silla de ruedas. Sus manos rugosas temblaban,quizá por su edad o quizá por estar contando los billetes con los que pagaría la cosecha de naranjas a mi padre. Entre la charla lacónica y las miradas duras,don Albert bebía sorbos de mezcal de una taza despostillada.
Un ambiente denso hundió a mi madre en un silencio de presagio,mientras mi padre escuchaba a don Albert con la vista perdida en los naranjos mustios que se veían desde el porche. Me dí cuenta de que aquella tarde estaba siendo testigo de cosas que podrían ser terribles, lo presentía,y en mi inocencia infantil quise evitar eso desconocido y oscuro que semejaba una sombra negra sobre nosotros,así que me puse a llorar,sin motivo y sin consuelo... Entonces mi madre me tomó en brazos y me alejó del porche y nos fuimos las dos a pasear por la huerta de don Albert, mientras mi padre cerraba el negocio con ese hombre...Sólo al cabo de media hora dejé de llorar y pude explicarle a mi mamá que ese señor me daba miedo...
Entonces ella me contó que don Albert era amigo del abuelo Jordi,que también hablaba catalán como nosotros, y que había llegado a México cuando huyó de la guerra civil que hubo en España,que había sido preso,torturado y herido,y por ello estaba en esa silla de ruedas,y que ahora se encontraba muy enfadado y triste pues todas sus naranjas se habían malogrado por una fuga de petróleo,y por eso le estaba comprando a mi papá la cosecha,pues tenía compromisos para entregar esas naranjas a sus clientes. Pero que no debía de tenerle miedo,que era un viejo triste y solitario...


Eso que me contó mamá y la belleza de "Las garzas", el nombre de la vega de don Albert, situada justo donde convergen las aguas del caudaloso Pantepec, con el río Vinazco,formados por el torrente de los manantiales que fluyen de las altas montañas de Pahuatlán,me calmó. En "Las Garzas" pastaban alertas los venados cola blanca,y los mapaches y tejones corrían fugaces entre los árboles de las huertas a nuestro paso. Y los coloridos guacamayos y las cotorras no cesaban de parlar entre las enramadas,hasta que un sólo ruido humano,un aplauso,por ejemplo,hacía que se asustaran de tal modo que levantaban el vuelo al unísono en grandes bandadas,que teñían de verde el cielo velardiano de Álamo. En cambio,las garzas en los arbustos de los esteros y los chorlitos de las charcas, permanecían inmóviles, tal vez embrujados por sus propios reflejos en el agua...




Quizá por todo ello,don Albert siempre estaba enfadado,porque Pemex le había amargado la vida,contaminando sus arroyos,destruyendo las brechas de las huertas, bañando de chapo los naranjales con sus fugas, matando al ganado con los gases de desperdicios de los pozos, y por más que denunciara,o demandara, el gobierno jamás le hizo caso, y lo hostigaba para que les malvendiera las tierras a Pemex...Y fue por esas fugas de petróleo, detectadas pero reparadas con negligencia,que sus cosechas de cítricos se malograron y la indemnización fué tan menor que perecía una burla... Por eso estaba al borde de la quiebra y arrinconado por las deudas al banco...Así que papá decidió venderle nuestras naranjas en facilidades y directamente sin especuladores y con crédito para el corte, el flete y el pago de la báscula...y por eso fuimos a Las Garzas,en el municipio de Álamo Temapache...
La vega estaba a tiro de piedra del pequeño poblado de El Limonar, donde todo era actividad, con albañiles reparado las roturas y raspaduras que los vientos del temporal  y sus lluvias habían producido en las  paredes del palacio municipal,la capilla, y en el kiosco del zocalito,. Un grupo de pintores se afanaba pintando los bancos  y encalando los troncos de las palmeras del paseo.
En los puestos de un mercado semanal,o tianguis,el aroma de  los bocoles (gorditas con manteca) y los chamitles (tamales de elote tierno) se desprendía delicioso de las canastas de las vendedoras. También olía a canela,a flores,a legumbres,y sobre todo, a naranja...
Algunas mujeres traían olorosas flores del campo, y otras vendían collares de conchas y caracoles, juguetes de madera de ocote, y mucha fruta,ciruelas,capulines,guayabas y una gran variedad de legumbres y hortalizas,que aún no habían sido contaminadas por el chapo que arrastraba el río Vinazco...




Recuerdo que bajo unas ceibas,mi mamá y yo nos tomamos unos raspados de hielo con melaza de guanábana y vainilla,deliciosos,mientras veíamos pasar a la gente del pueblo que se afanaba en hermosear su pueblo para la próxima Feria de la Naranja de Álamo,ya que muchos de ahí vivían del turismo que se acercaba a El Limonar,por su ojo de agua,y porque por ahí pasaría el gobernador para dar salida a la carrera del Colotero,una tradición en esas tierras. (Se trata de una prueba de resistencia que se hace por la tarde del último día de la Feria de la Naranja,y consiste en que los competidores corren, cargando un canasto repleto de naranjas a la espalda, sostenido por un mecapal desde la frente del cargador,que sujeta el tenate con ambas manos de los bordes superiores, lo que hace tremendamente extenuante la carrera. Y si sueltan el colote o tiran una sóla naranja  son descalificados. Así,con 70 kilogramos a la espalda,recorren cuatro kilómetros desde el Puente del Ídolo,hasta la feria deTemapache,por la antigua carretera Álamo-Tihuatlán,pasando por algunos poblados como El Limonar...Esta carrera del Colotero es un ejemplo de voluntad y persistencia, y requiere de una condición especial, que solo los trabajadores del corte de naranja tienen...)
Bajo la ceiba,mi mamá me contó que en el Limonar querían mucho a Don Albert, pues fue él el que construyó el zocalito con su kiosco,y desde que llegó al pueblo,exiliado de España, y como jornalero temporal en la fajina del pozo no.1 de Álamo,hasta que se encontró el tesoro del pirata,siempre fue buena gente con todos.
Ah, lo del tesoro no lo he contado...


 Bien,pues sucedió que durante un otoño tempranero, un ciclón del norte golpeó a toda la huasteca, pero recayó con toda su furia sobre Chicontepec y Álamo,y los más dañados fueron los jornaleros eventuales,pues a sus  jacales,con ellos dentro, se los llevó el río.  Don Albert,cojo y asustado, trepó como pudo a un álamo y se ató a su tronco con un cable, dónde soportó la furia de los vientos y las grandes avenidas de lluvia,que causaron una inundación de 4 0 5 metros en donde estaba su vivienda...y así pasó tres días...
Resulta que 300 años antes,el pirata francés Lorencillo entró, con una carabela y una fragata y sus descastados bucaneros, por el Tuxpan  hasta que ancoró cerca de Temapache,y ahí atacó al poblado para robar comida,armas y mujeres,pero Temapache resistió a los patibularios filibusteros,dejándose en la trifulca muchos muertos. Pero la fragata pequeña de Lorencillo logró ser hundida por los valientes de Álamo,así que el pirata no tuvo más remedio que huir en la carabela que le quedaba...pero dejó sumergido su tesoro en la fragata hundida...Y cuenta la leyenda que aquél valenciano trepado en el álamo,vió desde su altura el palo mayor de la fragata arrastrada por la poderosa fuerza del torrente,hasta estrellarse con unas escolleras...Los pecios fueron llevados en segundos por la furia del río...




Y cuando llegó la calma,Albert se desató del árbol,comió y durmió,y ya repuesto,se fue en una barca hasta la otra orilla, donde había visto romperse el cascarón de la fragata...
Dicen que buscó durante meses por esa ribera,hasta que por fin una noche llegó a la cantina del Limonar e invitó aguardiente a todos y hasta pagó un trío que estuvo huapangueando toda la noche...Luego compró la vega,y mandó construir el zocalito y su kiosco,y la calle principal con sus palmeras,y la escuelita...Y  fue alrededor de ese tiempo,y viendo que los limoneros silvestres se daban espléndidos,que inició la siembra de patrones portainjertos de la naranja  de género que trajo de la excelente zona naranjera de Tamaulipas, y así la vega,los solares y las lomas de Álamo muy pronto se llenaron de bonitas áreas naranjeras...Y entonces pasó que las trocas y los camiones se iban colmados de sus naranjas y de los cítricos de los otros huerteros del lugar, y todos tenía trabajo y salud...Pero tristemente pasó que el mismo petroleo que trajo a aquel  jornalero valenciano a la huasteca,al fin lo estaba matando, a él y a su vega...





Absorta en la historia del tesoro que mi mamá me contaba, no vimos llegar a mi papá conduciendo nuestra nueva camioneta blanca,con la que don Albert había pagado a mi papá, parte del coste de la cosecha de naranjas de ese año. Fue como si las dos despertáramos al verlo, pero a pesar de lo nueva y bonita que era la camioneta,él no sonreía. Los movimientos de sus manos recorrían la superficie del guardafango mientras hablaba con mi madre. Sus palabras fueron pocas y suaves, apenas tocaban con sus trazos el aire...Era una tarde azul y los grillos anunciaban lluvia... Papá le mostró algo a mamá,era algo guardado  en una bolsa de terciopana ocre,y entonces la mirada de mi madre detuvo el tiempo...
 Luego cerró los ojos y el universo se volvió más profundo. Subimos a la camioneta en silencio y partimos de vuelta a Llera...
La noche nos siguió desde entonces por el largo camino de retorno a Tamaulipas.
Se distinguían desde la carretera oscura,a la izquierda, las temibles sombras de las torres petroleras que vigilaban la tierra caliente,mientras una rodaja de luna vermeja, como un tizón encendido por la lumbre de las quemaderas, asomaba a los cielos negros como un gajo de naranja aceda flotando sobre el fondo negro de una olla en las brazas...Ya la derecha se presentían,por el olor, los ríos negros y mancillados con carburos del  pozo Cerro Azul 4 ,y las huertas perdidas por los derrames del Potrero del Llano 4...huertas  que cosechaban leña de naranjos,en lugar de frutos...Y se veían más allá, los campos petroleros secos y muertos por la codicia,abandonados cementerios de maquinaria chatarra desmoronándose por la corrosión...


 Cuando la noche cerró,y mis padres creyeron que yo ya dormía en el asiento de atrás de la camioneta,los escuché:  Don Albert le había pagado a mi padre, por la mejor cosecha de Llera, con la camioneta nueva, más 45 mil pesos- que usarían para mandar a mis hermanos Joaquim y Alonso a estudiar a Barcelona con el abuelo Jordi, y por último,completó el pago por las naranjas con eso que estaba en el saquito de terciopana ocre:  una pistola beretta calibre 9 mm semiautomática...
La misma con la que nueve años después mi padre se suicidaría...





No hay comentarios: