9/02/2009

La sangre del tercer preso...








El tercer preso forzado no entrò al pozo de la Arrabassada. Cuando viò que los dos guardias s
e acercaban,echò a correr bajo la tormenta,camino al cementerio de Collserola,siguiendo una senda muy estrecha y montaràz,resbalando entre los rìos de lodo y la violenta lluvia.

En la celda de Jordi,dentro del grupo de los condenados a muerte,estaban estos tres: Baldomino,el pescador de Badalona, Antoni,el maestro de Lleida,que habìan entrado con Jordi a la Rec,y el tercer preso,el que se fugò hacia el cementerio: Vìctor,el mèdico asturiano.
Vìctor fuè detenido por la guardia cuando intentò comprar medicinas de contrabando en Barcelona, para los maquis del Valle de Aràn,y por ello,fuè sentenciado a muerte junto
con Jordi,Antoni y Baldomino.
El asturiano,de rostro nudoso y curtido por los frìos del Pirineo,con m
irada penetrante y cuerpo recio,hijo de mineros del sindicato de la FAI,no temìa a la muerte. Por eso,cuando entendiò,en segundos que su cuerpo era màs grande que la entrada del pozo,y que no pasarìa,decidiò su destino: su muerte tendrìa un significado final.
Huyò hacia el monte,sabiendo que pronto lo alcanzarìan y le darìan muerte con la ley fuga,pero ese acto ùltimo,servirìa para distraer a los perros franquistas de la fuga por la Rec de sus tres compañeros.
Al recuento de los presos,los celadores dieron con la falta de los cuatro,y de los dos guardias que los cuidaban. Asì que de inmediato,sin importar la tormenta de no cesaba,se organizaron tres batidas de guardias para ir a buscar a los fugitivos y a los dos guardias desaparecidos.
Tres horas despuès la tormenta habìa cesado,pero la senda por la que escapaba el asturiano era toda lodo y cuesta,y un viento frìo le entumìa sus, ya de por sì, torturados mùsculos.


Mientras,abajo,en los tùneles,todo era oscuridad y agua.
Dollors y Jordi,se aferraban el uno al otro,Antoni sollozaba,temblando de frìo y desamparo,y Fred y Baldomino,a tientas,buscaban en los bolsillos del cadàver del guardia.
Por fin,encontraron lo que buscaban: como viejos soldados sabìan que el guardia debìa tener un saquillo con objetos imprecindibles para campaña:una navaja suiza,una brùjula rota,cigarros y un mechero Penguin...
Despuès de mil intentos desesperantes,ya qu
e todo estaba mojado,lograron encender la primera chispa del mechero.
Los cinco en un impasse de muerte esperaron la reacciòn del gas del encendedor.
Pero no se hizo la flama. En la oscuridad total,supieron la tràgica importancia de la luz para sobrevivir...
Por fin,Fred logrò la segunda chispa...y una pequeña llama,trèmula y azul,los iluminò: Dantescos,terribles sus rostros,fantasmales sus cuerpos,delirantes sus miradas,avanzaron de regreso hacia el pozo por dònde se fugaron: buscaban las làmparas,la manta,el agua perdidas en la riada.
Fueron encontrando los objetos,y a cada hallazgo,los cinco se alegraban como si hubiesen encontrado la fuente de la vida.

En el cadàver del segundo guardia,que se habìa quedado atorado en un recodo de la tuberìa,encontraron otro mechero,una pistola,y un reloj de mollejòn,que les dijo la hora: eran las cuatro de la tarde aùn.
Pero para ellos era noche cerrada allà abajo,mientras quitaban los uniformes a los guardias,y Antoni y Baldomero se vestìan con ellos.
Jordi era un poco màs grande que los muertos,asì que sòlo se cubriò del frìo con la manta de Dollors,y buscò algo entre el lodo,hasta que por fin lo hallò: la mochila de Dollors con el pan empapado,las velas... y el pañuelo azul que guardò en su pecho,junto a su hùmedo libro del Quijote...
Las làmparas de los kinkès estaban rotas,y las mechas perdidas,pero Dollors sabìa hacer lamparillas gitanas con latas,asì que usò la basè de latòn de los kinkès,que conse
rvaron el combustible,y esperò a que las agujetas de las botas de los muertos se secaran,para poder usarlas de mechas.
Media hora despuès,Jordi y Dollors lograron encender las lamparillas.

Ahora debìan salir de ahì. Pero las flechas de tiza que habìa trazado Fred en los muros bajos,se habìan borrado por la aguada.
Decidieron salir por la alcantarilla del Tibidabo,asì que subieron los cinco,lentos por la fatiga y el miedo,por el tùnel con màs pendiente,el mismo tùnel sobre el que Jaume les habìa advertido que no usaran...
A poco,encontraron la causa: habìa algunos cuerpos humanos y de animales en des
composiciòn,era como un pudridero que usaban los criminales franquistas...Venciendo el olor y los gases de la putrefacciòn,tomaron un paso alterno,y a doscientos metros adelante,vieron,emocionados,la luz del exterior que se rompìa en dedos luminosos bajo una coladera de hierro,de la que aùn escurrìan gruesas gotas de la lluvia pasada.
Corrieron hasta ella,emocionados,trèmulos: por fìn podrìan salir a la libertad.

Pero algo pasaba en la superficie:


El asturiano subìa por la senda lidiando con el lodo y con el frìo pegajozo que habìa dejado la tormenta. Bordeando nogales y castaños que jaloneaban los bordes de los despeñaderos,sin aliento ya,se topò de frente con el muro del cementerio. Ahì lo esperaban dos
guardias y un teniente,que de inmediato lo sujetaron,y le preguntaron por los otros.
El asturiano mintiò,y despistando a los perros de Franco,señalò hacia el norte y les dijo que los otros tres pròfugos habìan huìdo hacia el Puig d'Olorda ,el pico màs lejano de la sierra, que esos
tres traidores,lo habìan abandonado en la fuga,y que se habìan llevado a los dos guardias como rehenes...

Le creyeron,y por eso lo hicieron andar unos metros por la banquetilla exterior del cementerio,y como èl iba delante,supo que ahì morirìa: Unos pàjaros asustados volaron desde los castaños,al tiempo que sintiò la primera descarga en la espalda,y aùn asì, pudo girar su cuerpo herido para dar la cara a sus asesinos y gritar con el puño izquierdo levantado:

-Viva la Repùblica!

Una segunda descarga lo
abatiò al silencio final.

Los guardias ensañados,se acercaron al cuerpo del asturiano y le dieron algunos tiros màs,en el rostro y en el pecho.

Dejaron el càdaver ahì,ya tendrìan tiempo de deshaparecerlo despuès,porque ahora debìan ir por los otros tres malditos rojos.


Los ojos de Vìctor quedaron fijos en el cielo plomizo y la vegetaciòn de la montaña.
Una ligera llovizna mojò su rostro y el silencio se hizo total en el monte.
El fino rìo de sangre que manò del cuerpo del hèroe asturiano,fluyò lenta por ese apisonado,para desenvocar cerca: la reja de la alcantarilla de hierro.

Las gotas de su sangre cayeron sobre los que estaban abajo,que con los corazones suspendidos en el horror y la impotencia,habìan oìdo los tiros,y el grito libertario del mèdico asturiano,y ahora recibìan esa lluvia roja y liberta en sus rostros.

Los cinco del subsuelo permanecieron ahì mucho tiempo,llorando sin làgrimas, hasta que Fred,les avisò que llegaba la noche.

Y entonces,desolados,hambientos,ateridos de frìo y fatiga, recorrieron en un silencio profundo los tùneles y las garitas,sin rumbo ya,totalmente perdidos por esa oscuridad y en ese estado miserable a los que los habìa condenado el franquismo,sòlo por sus ideas libertarias.


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