4/28/2009

Tantos siglos,tantos mundos,tanto espacio....






Hay un tierno heroìsmo y ciertas experiencias ùnicas de algunas criaturas marginadas por la historia,hèroes cotidianos que no figuran en los libros,pero que dejaron su impronta de redenciòn humana en el universo...
Vidas que coinciden en un microsegundo de la eternidad,y que al cruzar por primera vez sus miradas generaron una burbuja còsmica que los atrapò a ambos...un misterioso coincidir, que enlazò sus almas para siempre,algo tan sutil,quizà,como el segundo exacto en el cual un aroma a libros se mezclò con un perfume de yerbabuena y flores suspendidos en el aire, o tal vez el momento justo en el que coincidieron un matiz inocente en la sonrisa femenina y un azoro fascinado en la frente viril ...

Detalles tan mìnimos que podrìan ser destinados al olvido...

Pero todos somos memoria que se repite a menudo... y aquì escribimos contra la derrota y el olvido del amor.
En èpocas aciagas,pareciera ser que lo ùltimo que nos rescata del temor y la pena,es el amor.

Y asì sucediò en esos tiempos de la posguerra nazi en Paris.
En esos años,Paris no era para nada "la ciudad del amor" que conocemos ahora,Paris era una ciudad que se congelaba por falta de carbòn y era acosada por plagas de enormes ratas àvidas de devorar los viejos libros,por ejemplo.

Las ratas eran el dolor de cabeza de Jordi.
Como muchos exiliados republicanos,durante el final de los 40s,Jordi se diò cuenta con dolor, de que los aliados capitalistas no harìan nada contra el fascista Franco,se guardò la rabia,y se dedicò a trabajar arduamente en el pais que le diò cobijo.

Despuès de un tiempo en Cèret,se trasladó a París con su mujer y sus dos hijos y montó su primer taller de restauraciòn de libros antiguos en Montparnasse.
Su tienda de libros,pequeña,y oscura, llamada Atelier d'Ferret,estaba situada en la orilla izquierda del Sena, cerca de los tinglados de los bouquinistes,con el peligro de las humedades del rìo y las ratas,y esa era una de las razones de su malhumor cotidiano.

El lugar no tenìa espacio suficiente y lo asfixiaba,pero fuè el local que su mujer escogiò y èl no tuvo ànimo para oponerse. Asì que acomodò los estantes y las mesas de libros como pudo y todo quedò amontonado en un òrden misterioso,donde hurgaban entre libros y grabados los más notables exiliados repùblicanos,y algunos franceses que luego de leer los libros comprados a Jordi,serìan ilustres.

Por las noches,Jordi hacìa de editor por la libre para Gallimard y para los Salvat,y asì,curando libros por la mañana,recorriendo la niebla y la lluvia por las tardes parisinas en su bicicleta, y editando por las noches,Jordi difuminaba la hoguera de su soledad.

Y aunque llegò a Paris para vender libros,pronto èstos quedaron relegados a segundo tèrmino,pues Jordi se volviò un vagabundo màs de la rive-gauche,y su bicicleta- que le recomendaron los mèdicos como terapia para recuperar un poco la movilidad de su ròtula herida en la guerra española-, fue su ùnica compañera.

Era una bicicleta adapatada con un cajòn grande donde Jordi transportaba los libros viejos,verdaderos tesoros, que compraba en las vecinadades de la posguerra y en los puestos de pulgas, por unos francos,antes de ser usados como combustible en las estufas y que luego Jordi,restauraba con delicadeza para la venta.

Despuès de recorrer grandes distancias desde su apartamento de Montparnasse,sin importar el dolor que la bicicleta imponìa a su pierna,Jordi por fìn volvìa a casa vencido,sumido en una desolaciòn profunda.

Nèllie,su mujer,no lo notaba,o si lo notaba,se hacia la desentendida,pues ella tenìa objetivos econòmicos muy firmes que le impedìan ver que su marido padecìa el sìndrome de posguerra.

Asì fuè que Jordi aprendiò a caminar en dos mundos, un dìa vagando por las calles bajo la lluvia,y al siguiente vestido de traje y sombrero para presentar sus incunables curados a algùn museo o para alguna junta con los escritores de Gallimard.

Llevaba asì,como su mujer le exigìa,una vida decente y sin carencias econòmicas. Y la esperanza de que alguno de sus dos hijos se interesara aunque fuera un poco en los libros,quedò destruida cuando ambos,despreciando el trabajo de su padre, se dedicaron a la importaciòn de cerezas. Y entonces,abatidos todos sus sueños de cultura y libertad por la pequeña-burguesìa de su hogar,Jordi vivìa exasperado por su mujer,por sus hijos,por las ratas,por el dolor de su pierna y amargado totalmente por la dictadura franquista en Catalunya.



En cierta forma, Paris le diò las vìas para evadirse,pues la ciudad luz de esos años era un hervidero de republicanos y masones exiliados,y de pintores vanguardistas,desde Joan Mirò, hasta el mismo Picasso,era el Parìs existencialista de Camus, Sartre y Simone,de Miller y Breton,un Paris que apostaba,tras la guerra mundial,a recuperar su luz y su cultura a travès de una estètica combativa a medio camino entre el desgarro y la rebeldìa,y eso ayudaba a Jordi a evadirse del duelo de su pasado libertario y del tedio de su presente pequeño-burguès.

Asì,cuando su hogar lo asfixiaba,salìa en fuga a recorrer el Paris de los parques y cafès,de los puentes, kioscos,bares y algunos de los famosos Salones de Otoño parisinos (donde se exponìan las obras pictòricas màs avan-garde de esos años),y asì iba, fantasmal,por las orillas del Sena,buscando con desesperaciòn algo difuso, no sabìa què en los seres que como èl mismo,deambulaban como almas en pena al caer la niebla.

Jordi,anarquista como era,generalmente nunca traía un franco en el bolsillo, sólo algùn libro,una cajetilla de cigarros gitanos y su desolaciòn,en sus largos recorridos entre la niebla magnètica del Sena.
Y un dìa cierta luz lo hizo detenerse de sùbito ante el aparador de una galerìa de pinturas.

Sòlo èl vio en la sombra de esos ojos,una niña desamparada de orfelinato,y en el perfil de esa muchacha de hermosas piernas,una pasiòn por la vida similar a la suya...
En ese òleo, tras el cristal del pequeño salòn de otoño, cerca de la torre de Saint-Jacques, la viò azorado....y quedò en suspenso durante una hora frente al cuadro,sin comprender què era lo que lo imantaba a ese rostro,a esas manos,a esa sonrisa de alegrìa sobria,a esa seria inocencia,a ese drama callado que la modelo expresaba...

Ella,como èl,debìa ser,tambièn, una hija de la guerra,y lo supo despuès de dos horas de mirar el cuadro bajo la lluvia...
Esa noche no pudo dormir,de tanto pensar en la gitanilla del cuadro,asì que muy temprano por la mañana,tomò dinero,y fuè por èl.

Comprò los dos cuadros,que eran malos,pero lo que a èl le importaba era la modelo.
Los colgò en su librerìa,uno en el aparador,y otro frente a su escritorio,para verlo contìnuamente.
Nèllie se indignò,era un gasto que no tenìa sentido para ella,pero por primera vez en su matrimonio,Jordi impuso su voluntad y ahì quedaron los cuadros de Dolors...

Entonces fuè que dejò de salir a vagabundear por Paris,para quedarse largas horas contemplando a la gitana desconocida de los cuadros,y esa era una de las razones por las que laboraba toda la noche hasta el amanecer...para verla.

Un dìa nublado,en su librerìa, lo acosò una duda:

Y què tal si la muchacha habìa muerto en la guerra civil?

El corazòn se le oprimiò de tal modo que llorò.

En ese momento,en la puerta del local, algo hizo que dos pilas de libros cayeran con estrèpito.
Creyò que eran las ratas...Se asomò...
Alguien...
Y de pronto un brinco.
Y la gitanilla reìa. Lo indescriptible.
Alma.
Alma pura.
Gracia...
Era la Vida vestida de azul.
El sentimiento todo, hecho cuerpo.
La librerìa vibrò con una inaudita luz sonora a esa risa.

La muchacha estaba ahì,delante de èl,intentado recoger los libros caìdos,envuelta en un vestido azul,mientras sus delicadas manos enguantadas de añil tomaban los libros suavemente...
Era un producto brutal de su imaginaciòn?
Esa niña,como todos los gitanos,debiò nacer bailando,porque todos sus movimientos eran una danza...
Jordi quedò inmòvil,subyugado,trastornado,perdido por el aroma a flores que emanaba del cabello de la muchacha.

Si era real...
Ella mirò,atolondrada y sonriente,primero los libros,luego su propia imàgen en los cuadros y por fìn los ojos de Jordi:
En diez segundos,que ellos sintieron eternos,su sangre fluyò en el mismo rio y con la misma salvaje impetuosidad...
Una ola sublime e invisible los arrastrò a un sitio desconocido del cosmos,levantàndolos,desplòmandolos,llevàndolos a lo inmenso,en una ardiente suavidad que los dejò abandonados uno en el otro...
Rendidos al amor...


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